lunes, 11 de agosto de 2014

Los muertos sobre cuyos restos jugarán los niños del futuro



No conocía el País Vasco. Alguna vez viajé allí, de forma fugaz, por motivos de trabajo, y poco más. Hace años, a causa del terrorismo, me asustaba recorrer esas tierras con mi familia y, pasado el tiempo y pasada –eso dicen- ETA, me ha costado elegir esa región como destino de vacaciones. La inercia del miedo, quizás.
 
Aunque era poco más que un adolescente por aquel entonces, aún recuerdo cómo retumbaron los cristales de la ventana de mi habitación por la explosión que causó la masacre de la Plaza de la Cruz Verde, en Madrid; o, años más tarde, el pánico provocado por el coche-bomba que los terroristas aparcaron junto a la casa de la que entonces era mi novia; o el miedo en los ojos de un amigo de la infancia que se alistó a la Guardia Civil y eligió como destino el País Vasco para poder mandar algo más de dinero a su madre sin saber que se iba a jugar la vida hasta en el más rutinario control de tráfico, o…¿Para qué seguir?, que levante la mano el madrileño, barcelonés, donostiarra, cacereño, vitoriano o alicantino que no haya sufrido, en mayor o menor medida, durante esos años negros, tan difíciles de explicar hoy a nuestros hijos.

El caso es que me decidí a llenar esa laguna en mi conocimiento de la geografía peninsular y, por fin, pude disfrutar de las gentes y paisajes de Euskadi. El viaje fue todo lo satisfactorio que uno pueda imaginar aunque, a ratos, me invadía cierta melancolía por todos los viajes que no hice a esta hermosa tierra por culpa de los que querían hacer crecer los frutos de su país regando las semillas con sangre de sus paisanos.

Quizás por eso, de todas las fotos de esos días, la que más me gusta es la que acompaña este texto y que retrata a un niño jugando en una de las playas de Zumaia, saltando sobre formaciones rocosas –los flysch- que dejan a la vista millones de años de la historia de la Tierra. 

Me gusta ver al chaval divirtiéndose sobre esos testimonios del pasado que, para él, se transforman en un barco que abordar, un islote con un tesoro por desenterrar o un edificio al que encaramarse para hacer alarde de súper poderes arácnidos. 

Y sueño con que, dentro de miles de años, todos los muertos de hoy, de ayer y de mañana; de España, de Siria, de Irak, de Nigeria o de Gaza, seremos polvo del terreno sobre el que jugarán los niños del futuro, ajenos al dolor de un pasado que les resultará tan incomprensible como el ordenador en el que hoy escribo este texto. Y eso, a ratos, me reconforta. 


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