sábado, 1 de junio de 2013

El inventor fabuloso habla con un aprendiz de periodista



Lo que sigue a continuación es el relato de unos hechos ciertos acaecidos hace muchos años, tantos que quizás sea aventurado afirmar su veracidad.

Verano de aprendizaje para el becario de la sección de Ciencia de un importante periódico nacional. Es temprano pero prefiere llegar a esa hora para afinar su técnica de redacción sin el apremio del reloj o el teléfono. Busca en la bandeja de teletipos del día anterior algún texto que le pueda servir como punto de partida para construir una historia. Quizás, si hay suerte y la competencia no ha publicado nada sobre el asunto, pueda ampliar la información del teletipo con algún elemento de actualidad o un “fuentes solventes explicaron a este diario” que justifiquen su firma y la pelea por espacio en la maqueta de la página que llegará más tarde.

El calor estival ha derretido la tensión informativa y conviene tener alguna bala en la recámara por si no hay suficientes anuncios y se presenta la oportunidad de publicar más noticias de las habituales en una sección como la suya, de interés pero modesta. Está solo, sus veteranos compañeros se han marchado de vacaciones, y quiere que todo discurra sin sobresaltos durante estos días. Nunca se sabe cuándo quedará vacante una plaza en la redacción y quiere causar buena impresión al director.

Nuevos hallazgos de restos de dinosaurios, extrañas investigaciones llevadas a cabo por científicos israelíes, inútiles inventos chinos, más decepcionantes avances en la lucha contra el cáncer y el sida, la caída de un asteroide en un recóndito lugar, algo sobre telefonía sin hilos.. Poca cosa como para que asignen espacio a la sección si no surge alguna noticia reseñable durante el día.

Busca entonces en su cajón, bajo las fotos de su novia, entre el montón de faxes enviados por lectores, empresas o una de esas molestas agencias de comunicación que cada vez son más numerosas. En el fondo, un gran sobre amarillo que llegó hace días y el joven almacenó con desinterés, acuciado por las prisas del redactor jefe que, desde el fondo del pasillo y señalando el reloj, le exigía que cerrara la página. En el remite, una caligrafía forzada, que sólo puede pertenecer a un anciano o a un niño, dibuja el nombre del remitente, al que llamaremos Don Julián Gutiérrez de Argensola, bajo las palabras “FABULOSO INVENTOR ESPAÑOL DE FAMA MUNDIAL”. Intrigado, lo abre y deja caer sobre la mesa los papeles de su interior.



Recortes con distintas citas y definiciones de la palabra “genio” y declaraciones subrayadas de distintos personajes de la actualidad nacional, la fotocopia de un diploma concedido en 1979 en un “Salón internacional de invenciones y nuevas técnicas” a una “cama automática” y su reflejo en la prensa bajo el titular “EL SUEÑO DE LAS AMAS DE CASA INVENTADO POR TRES ESPAÑOLES”, cartas con sellos oficiales de la NASA, el programa EUREKA, el CSIC o el Ministerio de Industria y, entre ese batiburrillo de hojas impresas, una carta.

Escrita a máquina y con una prosa de impostada corrección que, a duras penas, permite seguir el alucinado discurso de su autor, éste invita “a quien lea esta misiva” a concertar una cita para “hacerle partícipe de lo que, sin temor a equivocarme, puedo describir, a la manera en que lo han hecho ya insignes – busqué los sinónimos famoso, ilustre, célebre, afamado, etc-  personalidades de talla planetaria, de Alemania, EEUU, y el Japón entre otros países, como la más fascinante colección de invenciones surgidas de un cerebro español, en concreto de Biota, La Rioja, partido judicial de Ejea de los Caballeros….”. 

El  joven periodista dirige entonces la vista hacia el resto de los papeles y, con sorpresa, ve asomar entre ellos lo que parece una carta enviada a La Casa Real, también otros mensajes firmados por destacados representantes de la élite política y empresarial. En todos ellos se confirma, amablemente, la recepción de ciertos documentos en los que el inventor parece haber explicado sus hallazgos y se le anima a seguir con sus investigaciones.

Difícil determinar si se trata de genuina admiración o de una respuesta amable que solo busca complacer al remitente con la esperanza de que no vuelva a enviar ninguna carta durante un tiempo. “Bueno, no se pierde nada con llamar y si le contestó la NASA no voy a ser yo menos. Además, la cosa está floja y siempre puede surgir la sorpresa”, se dice antes de descolgar el teléfono. 

Entrevista en la torre 

Avanzamos ahora en el tiempo y nos situamos en el espacioso y sombrío salón del último piso de una torre situada junto al Parque del Retiro, en Madrid. El joven suda mientras se pregunta cómo alguien puede tener las cortinas y ventanas cerradas en un día tan soleado, en pleno mes de agosto. Frente a él, un anciano de rostro huesudo y tez mortecina retoma su discurso después de beber un largo trago de agua.

Una gota resbala por su prominente barbilla, mientras cuenta que “mi hermana Remedios, religiosa adoratriz, fue la que me recomendó que viviera de mis inventos y yo la hice caso ya que el Señor me había concedido la capacidad de imaginar extraordinarios artilugios que pueden cambiar la historia humana o, si eso pareciera demasiado, por lo menos española o madrileña o japonesa, si fuera menester,  pues parece que los asiáticos aprecian a los inventores en su justa medida”. La gota de agua cae sobre su batín de cuadros.



Siguiendo su consejo, me trasladé a Madrid –continúa- desde mi comercio de Haro, donde vendía paquetería y mercería, luego tejidos blancos, jabones marca “Chimbo”, insecticida para la enfermedad del viñedo con exclusiva para La Rioja y Navarra, pulseras de oro, bacalao y muy distintos y variados artículos entre los que me gustaría destacar los paraguas, tan útiles en días como hoy”. El imberbe periodista ya es consciente del error cometido al no hacer caso de la extraña sensación que le había transmitido su interlocutor cuando habló con él por teléfono  para concertar esta cita. La genial extravagancia que tanto le intrigó, es en realidad decrépita senilidad. “¿Quiere otro vaso de agua?”, le pregunta Don Julián. “No se preocupe, me marcho en un rato que tengo lío en la redacción”, responde el joven. 

“Ah, pues entonces déjeme antes que le explique para qué le he llamado. El caso es que en España los inventores que no tenemos estudios oficiales estamos postergados, algo que sé con tanta certeza como que me tengo que morir ya que he confirmado este punto con personas científicas oficiales, hombres y mujeres de muy distintas oficinas y pabellones que, como yo, piensan que es absurdo que la Constitución española hable, en esa circunstancias, de igualdad”, explica mientras vuelve a tomar un trago de agua. 

“Yo, por mi parte, hago lo posible para impulsar, fomentar, promover.. en fin, avivar la invención española como puede leer en este recorte de periódico que aquí le muestro y que dice lo siguiente, que leo:



GENTE



Don Julian Gutiérrez de Argensola, natural de la localidad de Haro, considera de primordial importancia que los investigadores, granjeros y veterinarios dediquen sus esfuerzos a la consecución de un huevo de gallina, a ser posible perfecto, que no produzca colesterol y así lo ha manifestado en carta dirigida a diversos medios de comunicación. El comerciante está dispuesto a premiar con 200.000 pesetas los trabajos que, en esta línea, aseguren una mayor protección de la salud pública frente a los supuestos peligros de tal comestible.”



Por eso –añade- me gustaría cooperar con naciones extranjeras y así un servidor, sin ningún compromiso, cambiaría impresiones con todos los gobiernos que tengan en cuenta que la ciencia debe servir para que vivamos mejor en todo el mundo. Y digo esto con mis mayores respetos, pero al hablar con mis amistades hemos tenido unidad de criterio en esto y es por eso que le agradezco estupendamente –tengo que confirmar la definición de esta palabra- que haya sido tan amable de visitarme en mi humilde hogar para recibir de mi mano la descripción de algunos de mis más celebrados inventos que he clasificado en distintas categorías, en función del dinero que pueden reportar, siendo éstas Universal -quizás un billón o billones de pesetas-, Intercontinental -millones de miles de pesetas-, Continental -centenas de millones de pesetas-, y Nacional -decenas de miles de pesetas-. Todos ellos se pueden ofertar por unidades o conjuntos, siendo la segunda opción la más barata”. 

El periodista no sabe cómo poner fin a ese monólogo sin herir la estima del anciano que, honestamente, está convencido de su excepcionalidad. Después de unos minutos de ensimismamiento, en los que deja vagar la mirada por los libros que se apilan en la librería de madera que cubre una de las cuatro paredes de la estancia, vuelve a escuchar la perorata de Don Julián. Éste explica ahora la utilidad de su “reloj con esfera de 24, 12 agujas o más y que actúa como avisador-secretario para empresarios y grandes trabajadores pudiendo tener 48 horas para ciertos profesionales que podrían, de esta forma, dar más de sí”.  

Esa frase sirve al joven como excusa para mirar su reloj y, simulando un gesto de contrariedad, lamentar que debe volver a la redacción donde la espera “el vértigo de la actualidad”. Don Julián entiende esa circunstancia y se levanta para acompañarle a la puerta desde la que se despide, no sin antes ofrecer una carpeta al joven. “Estoy seguro que en ella encontrará material abundante para sus reportajes, que espero ver pronto publicados en el prestigioso, influyente, notorio, considerado, respetado y apreciado diario en el que usted escribe con adecuada periodicidad”. La puerta se va cerrando y lo último que ve es el ojo izquierdo del anciano, desolado de repente, y otra gota resbalando por su barbilla. El rellano se oscurece. 

El grandiosísimo invento de la electricidad 

De nuevo en la redacción. Es de noche, la última edición del diario ya se ha cerrado y la sección de Ciencia se reduce a la breve reseña de la inauguración de un centro investigador a cargo de un miembro de la Familia Real. El becario tiene que hacer tiempo pues el autocar que le transportará a la parada del autobús nocturno que le llevará a casa de sus padres acaba de partir. El próximo llegará en treinta minutos, así que tiene tiempo para abrir la carpeta de Don Julián y leer los papeles que contiene. Quizás se encuentre con algo divertido, como ese reloj que alarga los días.

A continuación, algunos fragmentos literales de los papeles contenidos en la carpeta, descripciones de las patentes selladas en el Registro General de la Propiedad Intelectual:





EL GRANDIOSO INVENTO DE ELECTRICIDAD AMBIENTE UTIL UNIVERSAL



Este invento es grandiosísimo por la cantidad de bienestar al Mundo completo (leo los sinónimos) perdurable, perpetuo, eterno, sempiterno, interminable, permanente, infinito, inacabable y otros sinónimos. Agradable sería que también cooperara la NASA; EE.UU o bien muy similares.



CREAR Y CONJUNTAR APARATOS DE VUELO, MAS BIEN CON VESTIMENTAS DE PERSONAS, PARA QUE EN CUALQUIER MOMENTO SE PUEDA VOLAR



Veamos de componer la creatividad de volar a gusto de todo ser humano. Como es lógico expongo pensamientos que tengo desde hace decenas de años para que podamos volar en cualquier momento igual decenas de metros que miles de kilómetros, siempre con mucho respeto a evitar el mínimo peligro. Los motores y sus componentes debe buscarse de que sean de muy poquísimo peso, pero que tengan muchísima fuerza y grandísima calidad, todo ello con gran ciencia que se adaptará a todas muy distintas personas.



Medios con vestuarios para restar calor del sol y el frio del hielo, etc.



Tengamos muy en cuenta que la cabeza y los pies son muy delicados y veamos de fabricar muy diversas clases, tejer, urdir y trenzar, etc. con distintas clases de hilado, tejidos que admitan electricidad y otros que admitan medios de congelamiento ya que muy agradable es poder atemperar en buena parte el Sol y el hielo a medida de nuestros deseos. De forma que sea agradable para una mayoría de personas, bebiendo por lo menos litro y medio de agua (si son dos será mucho mejor) además de comer bien pero con sencillez y sin glotonería, leo los dieciséis sinónimos para que me quede mejor.

El joven, cansado ya de tanta palabrería sin sentido, interrumpe la lectura y, mirando su reloj, arroja el sobre a la papelera. Un trozo de papel cae en la moqueta gris de la redacción, lo recoge y lee: 

La Ciencia es grandiosa y hará que yo pueda morir de viejo sin vejeces y, como yo, otros. Esto es lo más agradable y lo escribo con la mejor de mis intenciones. Mi madre murió a los noventa y nueve años y deseaba vivir mucho más. Ella vivió conmigo siempre pero yo moriré sin hijos. Perdonen las molestias. 

Quizás emocionado por esta última confesión de Don Julián Gutiérrez de Argensola, el joven guarda el trozo de papel en el bolsillo de su camisa y recoge el sobre de la papelera. Lo introduce en su mochila y corre hacia la puerta del edificio donde aguarda el autocar.

En lo alto de una torre, la luz de una ventana se apaga.

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