lunes, 4 de marzo de 2013

Periodismo es escribir descalzo, tocando el suelo



Llegué a la redacción de Abc en el año 91, después de superar un examen en la Facultad de Periodismo al que me presenté por casualidad, empujado por un amigo que estudiaba Ciencias Políticas y que se había enterado de la existencia de esa prueba días antes.

Con la arrogancia del que no sabe de nada, yo despreciaba a ese medio tan ajeno a mis soflamas de bar y no me hacía ninguna ilusión escribir en la redacción de la calle Telémaco que se hallaba tan lejos de la casa de mis padres. Además, yo quería ser escritor, las noticias me parecían frívolas frente a la arrobada densidad de las poesías que dedicaba a mi novia de entonces.

El caso es que, cuando los estudiantes seleccionados llegamos a la redacción, nos recibió el mismo Luis María Anson (no Ansón), director por aquel entonces del periódico. Su voz aflautada nos dio la bienvenida con palabras que pretendían enardecer a los futuros periodistas y que yo escuché con la displicencia lógica del que consideraba que, de haberla, la única verdad periodística se hallaba en las páginas de El Pais.

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Tras esa reunión protocolaria, los despistados estudiantes fuimos asignados a distintas secciones y a mí me tocó la de Ciencia, en lo que yo siempre he considerado uno de los grandes golpes de suerte de mi vida. Ésta era por aquel entonces una sección pequeña pero prestigiosa, con suplemento semanal, dirigida por el veterano periodista José María Fernández-Rúa que formaba un tándem bien engrasado con el joven y siempre sensato Alberto Aguirre de Cárcer. Dos personas que, con el tiempo, consideré amigos y maestros.

Y fue justo al llegar a su mesa cuando aprendí la primera lección. Frente a la pantalla del ordenador  -oscura, en la que resaltaban letras verdes, fosforescentes- tecleaba con fuerza, como si estuviera enfadado, José María. Después de saludarle me senté en una silla situada a su espalda esperando que me contestara o, por lo menos, que me mirara. Pero él se hallaba concentrado en un monitor en el que, junto a las palabras, iban apareciendo extraños códigos de maquetación que, en ese momento, a mí me resultaban incomprensibles.

Tanto como el hecho de que el periodista escribiera descalzo. Era invierno y no hacía demasiado calor en la redacción, así que no entendí ese sorprendente comportamiento.

Pasaron los minutos y yo permanecía en silencio para no molestar, no quería empezar con mal pie. En la mesa, una bandeja donde se acumulaban teletipos, una cartera de piel, un montón de revistas científicas y las fotos enmarcadas de unos niños sonrientes. Desde la izquierda llegaban gritos de la sección de Sucesos –alguien tenía que salir corriendo porque se había producido un asesinato en Madrid- y, a la derecha, más allá de la nuca del que sería mi primer jefe, se escuchaba la suave voz del sacerdote que dirigía la sección de Religión.

Por fin, José María acabó de escribir, se calzó, me miró y dijo algo así como: “Encantado de conocerte, si tienes novia tendrás que elegir entre estar con ella o aprender este oficio, porque aquí no hay horarios…Ah, y escribo descalzo porque me gusta tocar el suelo con los pies cuando hago mi trabajo”.

Acto seguido se levantó y le ví alejarse hacia la otra punta de la redacción donde, como supe poco después, se hallaba el redactor jefe. Desde la silla en la que me hallaba, les escuché discutir y su conversación se mezclaba en mis oídos con la cantinela  “Manuel Becerra, Ventas, los toros…” que repetía un extraño personaje en su camino hacia la puerta de salida. “Manuel Becerra, Ventas, los toros..”

Suspiré y, discretamente, me descalcé. Toqué con mis pies el frío suelo de la redacción y, por primera vez, me sentí periodista.

Desde entonces, a la manera de Anteo, siempre he procurado mantenerme muy pegado al suelo, tanto en el ámbito profesional como personal. Nunca olvido los zapatos vacíos de José María junto a sus pies descalzos.

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