viernes, 1 de junio de 2012

Palinurus vulgaris

A ratos, y dependiendo del ángulo formado por la pantalla del ordenador, el fluorescente del techo y el amplio ventanal situado a su espalda, contempla su rostro reflejado en el monitor como si fuera una de esas langostas que se exponen en las vitrinas de las marisquerías –“efectivamente, señor Gutiérrez, la langosta es un crustáceo, usted llegará lejos, hijo, llegará muy lejos”- y que no despegan su perpleja mirada de lo que acontece al otro lado del cristal hasta que una mano se sumerge en el agua para seleccionar a uno de los animales con la intención de despedazarlo sobre una tabla de madera y así dar gusto a adinerados comensales que se relamen ante el cruel espectáculo, ajenos a esos implorantes ojos que aún guardan en su interior imágenes de abisal hermosura, de reflejos sobre la superficie marina, de algas meciéndose al acompasado vaivén de las olas, de pies infantiles chapoteando al borde del pantalán, de anillos de compromiso hundiéndose en el olvido insondable, de trágicos naufragios y playas ignotas donde pintores antiguos arrebolaban las mejillas del futuro, un futuro en cuyas costas hoy encallan las últimas ballenas, tan desorientadas como nuestro personaje, cuya principal preocupación es que parezca que trabaja, que hace algo, que tiene el tiempo ocupado, así que, cuando alguien se aproxima por el pasillo y mira hacia su puesto de trabajo, teclea más fuerte en el ordenador y observa la pantalla como si en ella hubiera algo más que un mensaje de error de “windows”, que hay mucho desempleo y no conviene fiarse sobre todo desde que a Pedro le dieron cinco minutos para que vaciara su cajonera bajo la mirada severa de un guardia jurado antes de echarle a la calle, y todo porque uno de los subdirectores le comentó a un director que uno de los gerentes les había dicho que un compañero, al pasar junto a él, descubrió que, en vez de realizar los pertinentes ajustes en el informe sobre viabilidad, estaba visitando una página web dedicada a la ornitología, lo cual era normal ya que  Pedro era un gran amante de los pájaros lo cual le hacía ser muy popular en la oficina -¡qué divertida era su imitación del estornino!, ¡cuán difícil era contener la risa al escucharle ulular como una lechuza!-, tanto que un año estuvieron a punto de concederle el “premio naranja” al más simpático de su planta pero, en el último momento, le arrebató el galardón la chica más popular del departamento de contabilidad, en un resultado que se consideró injusto porque, mientras que ella nunca saludaba al cruzarse con alguien en dirección a la cafetería, Pedro siempre tenía una palabra amable y hacía algún oportuno comentario sobre la jornada laboral; habitualmente vaya calor que hace en esta oficina, o algo así porque es cierto que la temperatura es sofocante en estos edificios inteligentes que no tienen ventanas y en los cuales, por alguna extraña razón, el termostato del aire acondicionado siempre se encuentra en valores extremos, incompatibles con la vida humana, lo que quizás responda a una estrategia empresarial que persigue la reducción del número de empleados mediante catarros de pecho, sudores incontrolados y accidentes mortales causados por desvanecimientos, un terrible asunto sobre el que debiera pronunciarse el Ministerio de Trabajo.


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